Al borde de la luz

Tu mirada indiferente esconde ya la memoria de los días pasados. Esos días lentos, alzados en la estrechez del tiempo concluido, transparentes y proféticos. Ya eres consciente del azul tembloroso, de las salinas doradas, del mar imposible. Tus ojos desvelados ya no miran aquí y no estás como cuando estabas, hermano. Al borde de la luz tu voz se ha apagado y la simiente de Dios eriza tu piel cuando oramos contigo, en la confirmación sublime que las lágrimas de tu esposa nos revelan.  Silencio y eco inhabitados. Plegaria de amor interrumpida por un temblor despistado y la vida comienza a girar en tu honor. Recuerdo esa sonrisa prudente y los gestos de agradecimiento en cada despedida. No temas, Dios se ocupa ya de tus asuntos. Guardamos silencio y damos gracias por otra vida sin ocaso. César Cid