Camino de tiza

Esa sustancia maldita que crece en tu cuerpo te arrincona en los recuerdos, como único alivio posible. El dolor duele tus nuevas congojas, cosidas a la música de tu Octubre eterno de transistor rojo, de orgullo humilde. Y no te quejas.  La enfermedad muerde tu vida con voracidad y el sopor te envuelve en esa  honestidad que vive contigo, pegada a tu alma incrédula. Sonríes a las voces asordadas que allanan tus paseos. Y entre tanto se enredan los abrazos y las lágrimas a tu paso, mientras expías ese dolor puñetero caminando, un  dolor que  vive entre fogonazo y fogonazo, con la esperanza de aliviar  tu espalda mordida. Y me sorprende tanto  esa luz que te acompaña… Puede que un día también la veas, mientras tu madre canta una nana rusa, recogiendo sus plegarias en un abrazo definitivo, en la puerta de la última morada. Y permíteme amigo que le hable a Dios de tu corazón. He conocido pocos como el tuyo. Y si supiera dibujar trazaría un camino de tiza blanca y contaría tus pasos para acompañarte,  como María cuenta los gestos de amor para construir rosarios blancos.

César Cid