Mi Dios y tu nada

Se derrumbó tu apariencia triste y no puedes ya responderte con la claridad mental que ostentabas. Y la sorpresa te arrastró antes de tiempo, quién sabe por qué, mi amigo… Estás delante de mi Dios y de tu nada, o eso creo. Y si experimentas eternidad es porque has huido de la vida para dar fe a la muerte, convencido de lo contrario.  Mira que soy incapaz de imaginar la nada que tanto defendiste, incluso harto  de leer a Kant y a Heidegger. Comprendo la disolución y la corrupción, pero no comprendo la extinción, según tus tesis, presentes en nuestras largas conversaciones. La muerte no tiene nada que ver con el mundo, no pertenece al mundo. Tu nada nacida en la negación me intimida desde mi certeza de Dios y su presencia en el mundo. La fe no es una adscripción simple y ya. Se trata de un regalo, de un don precioso envuelto en Misterio que despierta el Amor. Ese Amor que no merecemos, amigo, porque no nos corresponde por naturaleza. Se nos permite usarlo para beneficiar a los demás y entre tanto disfrutarlo como instrumentos que somos. Así lo creo. Me gustaría tanto seguir hablando contigo de estas cosas últimas, de nuestra pobre humanidad, de nuestros miedos… Confío que Jesús te habrá mostrado su rostro, ese que ya conocías desde lo más profundo de tu corazón. Porque el tuyo era un corazón noble y generoso.

 

César Cid

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