Tu mirar aquel

Se arrugó tu cuerpo para siempre la pasada noche larga y fría. Oramos nuestros temores indignos ante tu sufrimiento inexplicable y sentimos el frio de las catástrofes sin saber porqué. El Señor nos hizo ver el espacio entre la sombra y las horas, entre tu vida y la nuestra. Huimos a pesar de tanto rostro contemplado, de tanto gesto imposible, de tantos miedos contenidos.  Hoy, aplastadas las horas inciertas, siento y escucho lo que no pudiste decir, que te quedaron palabras cubiertas de musgo entre las sábanas. Y como hoy no alcanzo a acariciarte, digo al Señor qué suave fueron tus caricias,  que sinceras tus miradas, qué amorosa tu fe… Sentimos tus ojos pegados a los nuestros, María, y la seguridad que tu mirar aquél, era preludio de beatitud, de presencia cierta. Disculpa nuestros pasos enajenados de los últimos días. Nos queda mucha luz que encender para marcar el camino de los hermanos que parten. Hasta siempre.

César Cid