Impotencia transfigurada

Engulló el miedo tu esperanza y la soledad tus fuerzas, hermano. Dudas de tu fe, me dices, y sientes una decepción acomodada, afín a las advertencias que el mundo te sugirió tantas veces sobre Dios y su presencia. La enfermedad requiere de cierta humildad para bajar a las galeras de nuestra existencia. Para reconocer qué pasos dimos cuando caminábamos y descubrir que de nada sirve agarrotarse ante la encrucijada. Es preciso mirar con nuevos ojos para encontrar el rostro de Dios, a pesar del dolor y para darle sentido. Jesús ha dicho claramente que necesitamos tocar el fondo para transformarnos desde la humillación ( Mt. 23, 12), no que emprendiésemos una camino de perfección. Es normal que el sufrimiento no nos permita a veces reconocer que sus exigencias no son imposiciones ni castigos. La fatiga revela una voluntad cansada que, puede sentir la tentación de negar su presencia e incluso su existencia. En estos momentos necesitamos abrirnos precisamente para reconocer que necesitamos a Dios, para reconocer y abrazar la vida tal cual es. No es una simple aceptación, es espera en Dios con todas las fuerzas. Es la impotencia transfigurada en Amor. Esta espera anula cualquier deseo mundano y nos sorprende alzando las manos con cuidado, para esbozar una breve plegaria.

César Cid