Anhelo de eternidad

Has deseado morir tantas veces que no te han quedado fuerzas para despedirte, amiga. Incluso creo que  ensayaste tu muerte durante los últimos días, durmiendo como un recién nacido. Peleaste la vida, más que vivirla, y ese cansancio evidente apartó de ti cualquier esperanza pequeña. En más de una ocasión nos revelaste esa necesidad de descansar en Dios para siempre. Pero siento presentes tus silencios. Momentos de miradas profundas y tiempo prestado que solo Dios sabe interpretar. Yo nunca supe, te lo prometo. Puede que esa serenidad tuya me bloquease, que no teniendo nada más que compartir, callases para reclamar la eternidad,  tan esperada y justa. Hoy me falta tu serena sobriedad, tu seguridad clamorosa, tu enfado vital. Y me pregunto aún más por la vida y su sentido. Te faltó el Señor las últimas horas porque tu vida era ya poca vida. Ahora que habitas el encuentro no dejes de mirarnos, así en silencio, como tú miras. Bendícenos para aprender a aceptarnos a la manera de Dios, para cuidarnos entre nosotros como solo Él sabe.

César Cid