Simiente divina

Ayer te vi anotar con lágrimas los gestos que serán recuerdos, con cada parpadeo de cámara lenta, de largas cadencias. Ya viajan los cerezos y los soles que te vieron caminar. Ya ves la canicas que tropezaban con el barro en las tardes breves y mojadas. Ya descienden las nubes para ventear tus breves alientos de ojos cerrados. Y las fábulas de seres fabulosos, que conducen extraviados su vuelo imposible hasta tu frente, fabulosamente, hasta tu lecho consagrado. Ya llegan las últimas palabras que escuchaste, ahora nuevamente desde la voz de quienes te amaron tanto, más poderosas que nunca, más reales que entonces. Ya está aquí tu barca, amigo. Me retiro ahora para que te desvistas despacio, para que tu corazón incendie la simiente divina que tanto tiempo has guardado.

César Cid