Un día cualquiera

Te escribo hoy hermano Florencio porque es un día cualquiera, como cualquier otro.  Creo que desde  de la cotidianidad resulta fácil encontrar el verdadero sentido de nuestras vidas y que los agradecimientos verdaderos han de ofrecerse con sencillez, sin ruido previo, para que lo realmente extraordinario siga alumbrando nuestros pasos. Recuerdo estos días nuestra memoria común en el trabajo con enfermos, y me emociono.  No hay palabras para describir tantas experiencias que Dios nos ha permitido vivir, en la intimidad del encuentro. En tu caso especialmente porque tocaste la raíz del dolor con tus propios dedos, y no supimos esperar con la fe que tú mismo soportaste la prueba. Menuda lección… Tu confiada fragilidad le arrebató a la parca esa vida tan necesaria para nosotros. Y enseguida volviste a los pies de las camas, para contener la caída de los otros con tu gran corazón herido. Miraste el límite sin desvanecerte, con esa sonrisa inocente y vital, para volver más fuerte, más enamorado de Cristo que nunca. No importa si mañana el dolor nos atenaza. Me enseñaste que el vínculo entre el sufrimiento y Dios son nuestras manos (sobre todo las tuyas). Aquí nada pinta el hábito (rutina o vestidura) ni lo que el mundo que habitamos espera de nosotros. Es Jesús el testigo y su amor la ofrenda, esto es lo que importa. Espero seguir compartiendo contigo esta labor muchos años.  Y espero que la perversa retórica que nos rodea no cambie un ápice tu disposición personal. Gracias por tu ejemplo.

César Cid