Mariano

Aprendiste a bordar como una niña de tu edad, de aquellas con trenzas y canesú, con muy pocos años. Pero eras niño. Y eras lumbre para tiempos apagados y personas oscuras, luz para dominios de fantasmas y otros monstruos mediocres. Has sufrido por amor lo que no está escrito y sin embargo sigues creyendo que no se agota, que la fuente del amor es aún el milagro de tu existencia. Esperaban de ti el esfuerzo del hijo bueno y paciente, capaz de prestar su vida a la maternidad que Dios eligió para tu existencia. Durante este tiempo me has enseñado muchas cosas, hermano, pero una de ellas quedó grabada en mi alma: “soñar fue mi huida. Hoy no me consuela, la vida me duele cada día más cuando despierto”. Has cambiado el dolor de la indiferencia y los desprecios, por el respeto y el cariño que tu ser despierta entre todos nosotros. Mientras tu corazón soporta los envites de la edad, recreas con pasión aquellas noches de copla y tronío, posibles gracias a tus manos de mago bueno. De Dios nunca dudaste, querido Mariano. Sigue cosiendo esperanza, amigo,  que tus ojos aún brillan cuando sonríes desde el fondo del corazón, ese corazón tuyo, tan luminoso.

César Cid