Paz

Blando es el dolor, de tanto exceso, volcado ya en esta quietud tuya,  enajenada por amor. Tomo tus manos y la oración suaviza el temblor persistente que colma tu paciencia. Comparto esta vibración vital que siento ahora como mía, en un intercambio extraño pero íntimo, en una presencia de pura gracia. Te entregas y el dolor se rinde, como quien no sabe qué hacer.  Y  me abruman tus palabras regaladas, que brotan a pesar de tu conciencia del mundo, a pesar de ti. No son tuyas y son de todos, porque contemplan el Misterio como un bosque encantado de luz crepuscular y una paz inconmensurable. Una paz que no es de aquí. Este gozo nos sabe a poco y una de tus lágrimas separa nuestras manos otra vez. Y vuelve el temblor a tu voz y a tus manos. Y vuelve ese asombro que me inmoviliza, y el ruido del pasillo y las voces quedas. Creo que tu alma ha convertido aquellos dolores en encuentros para sobornar al miedo con tu sonrisa, Carmen, una sonrisa tímida y disimulada que tanta luz proyecta.

César Cid