Aún estás aquí

En el tanatorio suelo priorizar la atención a familias con pérdidas repentinas, situaciones traumáticas y muertes prematuras- observación subjetiva de intención clarificadora para describir fallecimientos de niños, jóvenes y personas de mediana edad-, para ofrecerles la escucha y el consuelo, así como  cualquier ayuda posible ante el impacto de la muerte. María –nombre ficticio- me permitió acompañarla en la sala velatorio porque no quería dejar a su hermana del alma, ni un minuto: “tengo que aprovechar el poco tiempo que me queda para estar a su lado”, me dijo. Inicié con ella una conversación sencilla para desbloquear el tono del diálogo. Su hermana del alma, amiga y compañera, yacía a nuestro lado tras una larga enfermedad que acabó con su vida aún en la treintena. Sentí que María tenía muchas cosas que decirle.  Compruebo a diario que estas situaciones generan sentimientos de culpa e indefensión.  Le propuse  que pusiese en orden su corazón en ese momento hablándole a su hermana, de la misma manera que lo hacía mientras la cuidaba en el hospital. Esto, que puede parecer una locura porque el duelo no ha empezado, no lo es tanto. No se trata de espiritualizar al cadáver fomentando alucinosis ni de teatralizar una situación absurda como recurso terapéutico. No.  Resulta que no es necesaria una respuesta para ofrecer amor a otro y de hecho, ni siquiera él tiene que darse por enterado. Incumbe al que ama abrirse al amor y no lo hace para esperar resultados. El proceso sana y restituye la relación con el que murió. Claro que acompañarlo y facilitarlo requiere paciencia y ciertas habilidades. María volvió a llorar mientras agradecía a su hermana tanta vida regalada. Ello le facilitó una apertura interior que le permitió perdonarse y sentir el amor de su hermana querida como nunca. El dolor más insoportable puede llevarnos a un momento de amor inconmensurable, que transforme el drama de la vida en una ocasión para crecer.

César Cid