Con pasión

Se ha escrito mucho sobre la compasión, ahora que muchas personas prestan su tiempo en actividades de ayuda en general y en etapas de sufrimiento en particular.  Yo mismo he escrito varias veces sobre el voluntariado y sus actividades y he formado- si es posible hacerlo- a personas en procesos de relación de ayuda. Continúo reflexionando porque no soy un teórico, y la práctica diaria suscita en mi nuevos interrogantes cada día. Suelo recomendar un ejercicio sencillo para quien empieza: “prueba si en una intervención (15- 20 minutos) eres capaz de no decir yoen ningún momento”. Cualquier concepto filosófico contiene sugerencias y consejos implícitos y se deben evitar siempre. Superarlos abre una comunicación  profunda, a veces silenciosa. El enfermo- en caso de enfermedad- no tiene que hacer nada, tan solo mostrarse tal cual es y como se siente en ese momento. El paternalismo aparece en ocasiones y no sentimos cuasi salvadores o portadores de salvación. Craso error, aún con buenas intenciones. Básicamente estamos para construir un espacio abierto donde el sufriente exprese sus necesidades sin nuestra influencia. No es fácil, lo sé. Pero la verdadera compasión es “tocar su dolor con el corazón”. Nada de conmiseración. El ser compasivo no huye nunca y no es un héroe, simplemente está abierto a su propio sufrimiento y esto le permite “abrirse” al de otros. Pero ayudar a otros supone riesgos, sobre todo uno: sentir que tal conducta es un deber y en paralelo, que nos hace buenas personas. Respecto a enfermos al final de la vida, he conocido facilitadores para quienes la muerte es una tragedia y como tal lo expresan. Personalmente creo que esto no ayuda y apuntala toda esperanza trascendente. Y se pierden la posibilidad de experimentar el proceso de muerte como nacimiento a una vida nueva. Quién no ha escuchado decir “recibo más que doy pero necesito parar porque me agota”. ¿Realmente hemos pensado qué damos y a quién? Parémonos. Actuamos porque sentimos qué es apropiado para cada momento. No es un proceso racional, sino espiritual. Este discurrir armónico no es nuestro, no es dado para darlo. Y si perdemos el miedo a involucrarnos- aunque percibamos cierta tendencia a huir- sentiremos que la fuente se abre para nosotros, para usarla con quienes sufren. Quienes dan de sí mismos- como decía- se agotan presurosamente. Los que dan de la fuente (CRISTO), se alimentan al hacerlo y perciben la belleza del amor incondicional. Cuidar del otro es enamorarse de Dios en su mirada y en sus heridas para hacerse Uno con él. Y entre nosotros la Luz que permite curar la vida. Para siempre.

César Cid