Pilar y el olvido

A mi hermana se le mueren los recuerdos y  su cuerpo no aguanta tanto olvido. Pactó con su memoria un tiempo nuevo, de sonrisas desdentadas y palabras breves. Y dejó de ser madre y abuela para ser una sonrisa inocente que asiente y deambula, ajena a las miradas previsibles.  Quisiera retroceder contigo Pilar, a pesar de mis miedos del pasado, para prevenirte de esta soledad ingobernable que te derrite el corazón, para imaginar juntos que es posible vivir desconectado del mundo sin sufrir por ello, pero no puedo. No es posible. La vida no tiene ya razones para ti. Ahora te guía la fuerza que hace florecer a los almendros y una confianza inocente en cualquier cosa, en cualquier persona.  Esta cruel enfermedad ni siquiera te permite llorar lo razonable, que nos hace algo más humanos. Te dolió la vida sabiéndote viva aunque disfrutabas haciéndolo. Y lo hiciste a tu manera, intensamente y sin aspavientos. Imagino tus horas lentas y vacías.  Quizá la felicidad consista en eso, hermana, pero me entristece pensar que ya no te acompaña ni el silencio conocido. Todos son ecos de voces extrañas. Fuiste una niña de mirada triste y ojos grandes e intensos, asustadiza y enamorada de aquellos brazos cortitos que te acunaron. Sus ojos verdes de madre se apagaron ya hace mucho, pero su sonrisa- como la tuya- visten de luz mis días oscuros. Y sonrío después de llorar un rato. Ahora que nada te dice nada,  me gustaría ser mago para burlar tu desmemoria y reír a carcajadas contigo, de cualquier tontería, de cualquier cosa. Y celebrar juntos que Dios nace en cada corazón disponible. Estoy seguro que primero lo hará en el tuyo y le pido que encienda un ratito la luz que has perdido. Él puede hacerte entender que te queremos muchísimo, que te echamos de menos. Y si el milagro acontece, aprovecha para recordar cuánta felicidad proporcionaste. Te quiero hermana.

César Cid

 

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