Esperando a Jesús

El tuyo parece un mero estar, de apariencia agotada por una vida larga y profusa. Envuelta en un cansancio inmenso, me recibes en una postura imposible, incorregible por tu estado, en un sueño aparente que es vigilia contenida. Y me sonríes con todas tus fuerzas cuando abres los ojos y compruebas que estoy a tu lado para darte la comunión. Es el momento más importante del día- me dices-. Advierto tus dificultades de concentración, tu desorientación frecuente. Sin embargo percibes mis ausencias, se produzcan cuando se produzcan, y esperas con cautela para reprochármelo, eso sí, con toda delicadeza: “avísame, que no estoy dormida. Es que estos ojos no tienen nada que ver ya, pero estoy despierta, esperando a Jesús”. Te encuentro cada día de espaldas al mundo, preparada- como dices- para volar lejos de aquí, de todo lo vivido. Tomas mis manos para calentar las tuyas y siento los pulsos intermitentes de nuestras vidas. Esa fragilidad física es solo de este mundo. Tu alma es fuerte y poderosa y desea ya romper su envoltura. Gracias hermana.

César Cid