Adiós José

Adiós amigo. Ayer no pude despedirme de ti y te escribo consciente de la inutilidad del hecho. Sin embargo me han quedado cosas por decirte, tras la confusión que tu estado provocó en nosotros el último día. Quién sabe si mis palabras te llegarán de alguna manera. Gritabas sin voz y sin fuerzas palabras confusas. Del miedo al infierno a la culpa cruel, que llorabas entre nombres y lugares.  Fue una hora sin aire para respirar, sin tiempo para medir, de atmósfera oscura. Hoy encontré tu nombre en un sobre grande y lo acaricié con suavidad, como si hubiera algo de ti en su interior. Me hubiera gustado acompañarte un poco más, pero tu cuerpo no aguantó tanto como imaginábamos. Creo que, como dijo Job, tu alma estaba cansada de vivir. Lo hiciste a horcajadas- vivir-, inconsciente tal vez de ciertos pasos. Hablabas de Dios como Papá  para distraer la vida que te inclinó para siempre. Pudimos orar juntos un rato, con Jesús ante tu cama. Contemplamos el Misterio para mitigar tanto cansancio, hasta que el Cordero transformó tu desierto en infinito, llenándote de amor y misericordia. Me quedo con ese momento, hermano. Ya nunca te sentirás solo ni herido. Pasó el diluvio y el miedo. Ya no importa qué no hiciste. Desapareció el rumor constante de las olas que  rompían tus sueños. Ya eres certeza eterna y luz. Sólo en Dios entenderás quién eres realmente. Adiós José.

César Cid