¿Por qué?

Te has ido, como este invierno tibio que acabó como si no hubiera empezado, casi sin estar. Y de repente siento tu penitencia entre tanto vivir dificultoso, tanta enfermedad y tantos golpes. Me pregunto si hay alguien encargado de decidir los finales, de ordenar los caminos, de prender la noche… Me resisto a mirar y no verte en silencio, atada a esa máquina de oxígeno chistosa- no por simpática,  por ruidosa- , tan peinada, tan poca cosa, tan dulce.  Y si no te ibas, ¿por qué te fuiste? A lo peor te agotó tanto dolor domesticado, sorbido a ojos cerrados, llorado y bonito, porque tu llorar es bello y distinguido, y solemne y único.  ¿Por qué tan pronto? Si has visto la luz que imaginamos, acude a la cita y trata de entenderme esta tarde huraña. Imagino que has dejado de llorar, algo asustada. Ya no hay sombras ni sorpresas. No sé si Andrés sigue anclado en la parada, esperándote. Espero que al menos encuentre las respuestas de este final extraño. Puede que se asuste de vivir así, llenando los huecos con tu nombre. Puede que un día entienda por qué la vida se mofa del amor y lo aniquila de un golpe. O no.  Yo no soy capaz. Hoy el cielo está mudo para mí.

César Cid