Fina

El cielo ha deshecho tu dolor, ha borrado tus miedos y ha confirmado tu vieja fe de corazón blanco. Ni los  temblores últimos te impidieron llenarte de su amor, comulgar su Vida, acariciar su mirada de cerca, con la admiración que tu sonrisa le profesaba cada día, justo en su presencia.  Nunca conocí tal complicidad entre Dios y una persona. Recordaré durante mucho tiempo tu mirada de niña acalorada y tus besos gigantes. Gracias por enseñarme tanto desde tu cama, querida Fina. Te hemos despedido camino de la tierra santa que albergará tu cuerpo pequeño y frágil, y esta tarde no me resulta fácil escribir más. Lloro con pudor tu dulce ausencia, seguro de que las despedidas son absurdas para Dios.

César Cid