Soledad interior

Reluce tu rostro a base de lágrimas arrepentidas porque es verdad que sufres,  y yo poco puedo hacer salvo mirarte. Espero tus palabras con inquietud para entender ese idioma antiguo que dejaste de hablar, para tocar tu dolor con delicadeza y consagrarlo al vacío más profundo. Y se enrojecen tus párpados inocentes, descreídos de cierta belleza oculta a los ojos que sirven, a los ojos que protegen desde hace tanto… Me dices que el sufrimiento sale. Quiero entender que este dolor es consecuencia de momentos pasados, que ahora se ensaña contigo. Aquellas verdades dan vida a tu soledad interior, la peor de las soledades. En la esperanza de las cosas pequeñas puede que las grandes nos pasen inadvertidas. Imagino que has entrevisto algo más complejo que tu vida y ahora te quema. Díselo a Dios despacio, Él es la compañía perfecta que nada exige. A su lado no hay soledad que se resista. Mañana volveré a verte otro rato, amiga. Estoy dispuesto a escucharte si las heridas del precipicio te permiten usar la voz, para sacar las penas de su sitio. Podemos hacerlas volar detrás de los pensamientos inútiles y  de los miedos. Y llorar juntos si hace falta, con lágrimas nuevas, inocentes.

 

César Cid