Cuerpo roto

De tu soledad y de mis silencios.  De las miradas verticales que desde la cama cubren tu mundo inmóvil, a la incomprensible lucidez de lo correcto, vilmente previsible. La enfermedad te otorga un valor discreto y misterioso, como de otro mundo, más amable que éste, más auténtico incluso. Un mundo sin necedad ni atributos, más útil que necesario, más bondadoso que formal. Creo que te escurriste de las manos de Dios y le robaste una sonrisa, esa pequeña y discreta que esbozas cada día cuando te visito. Y que disfrutas este tiempo  prestado, para enseñarnos a vivir sin otro sustento que la fe, para mostrarnos que un cuerpo roto puede ser altar y ofrenda, para contemplación del amor verdadero, que calla y espera paciente la cita definitiva. Tu vivir doliente se hunde en cada palabra que dices y resucita en un suspiro valiente que aguanta tu débil respiración.  Dios no falta, somos nosotros los ausentes, hermana. Si mañana no entiendo otra vez tu alegría, recuérdame cuán frágil y pobre soy. Y ora como tú sabes para que el mundo renueve su corazón desde tu mirada divina. Gracias

César Cid

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *