Penélope y el dolor

Cuatro años de miedo, de cansancio, de sufrimiento, de desplazamientos interminables y de impotencia. Cuatro años mirándole desde los pies de las camas que ha ido ocupando y cuatro navidades- me dices- convertidas en Semanas Santas. Hoy escribo para vaciar el dolor de ayer, mientras disimulabas las lágrimas delante de Miguel y sostenías tu vida a duras penas, otra vez. Esperas con la ingenuidad de Penélope el regreso de aquél que amaste, por si un milagro deshiciera tanto daño y recuperases su vida otra vez, al menos unas horas… Y entre tanto él llora cuando no estás y se esconde en ese cuerpo irreconocible para borrar los breves momentos de lucidez,  que duelen más que la enfermedad que lo inmoviliza. Nunca olvidaré nuestra congoja mientras Miguel nos contaba sus viajes mentales, sus periplos imaginarios que viene experimentando con la ilusión de un niño: “ayer estuve sentado en los soportales tomando el fresco… ¡qué bien se estaba! Y cada día voy a un sitio. Ayer me levanté de la cama y me asomé al pasillo desde la puerta…”.  Tu Ulises sigue de viaje, Mercedes,  y puede que no vuelva como lo conociste. Troya es cruel para los guerreros y a veces regresan irreconocibles. Arráncale los besos como antaño y comprobarás que es el mismo, que la espera es ya inútil. Y cuando salga el sol convierte tus recuerdos en arena de mar, y camina de su mano  por la playa, despacio, al ritmo de las olas. Miguel ha aprendido a hacerlo con su imaginación porque le permite seguir sintiéndose vivo. Haz tú lo mismo. Y gracias por compartir vuestra vida conmigo.

César Cid