Puri

Terminó el calvario anticipado y ese miedo eterno  que se alimentó de tu vida blanca y noble, especialmente durante los últimos meses. Renunciaste a vivir hace tiempo, extenuada,  en un alarde de sollozos y tristeza, muriendo a bocanadas inútiles y dolorosas. Dejaste a tu hijo querido, alma de tu alma,  el último suspiro y el último beso y el miedo a partir sola. Para quién si no… Fuiste madre y padre,  trabajadora incansable y amorosa. Le entregaste tu vida sin poseerla- porque ni siquiera la vida poseemos- y él recoge hoy todos tus premios. No te preocupes, no se movió de tu lado ni un momento y creo que lo sabes. Como sabes cuán orgulloso se siente de su madre querida. En la brevedad de tu muerte está su sonrisa de recién nacido, evocando la alegría de entonces. Los horas ya no cuentan, querida Puri. Las luces eternas iluminan ya esa sonrisa tuya, tan olvidada. La brisa del Espíritu refresca tu cara blanca. Adiós, amiga. Atrápanos el silencio de Dios en un suspiro y piensa en nosotros cuando vuelvas a sonreir.

César Cid