Pilar

Aturdida y más confusa que nunca por la situación que vivimos, me recibes con tu sonrisa infantil y muda, en medio de esta soledad impuesta de nuevo que tanto nos interpela. Incapaz de hablar, más vulnerable- si es posible-, ignoras qué sucede a tu alrededor y sin embargo sonríes cada vez que acudo a tu cama con el Señor en mis manos. Y me interpela aún más comprobar cómo rezas sin voz el Ave María, verso a verso con los ojos cerrados. Imagino que por alguna razón sientes su presencia. Y tras  recibir  una porción minúscula del misterioso Viatico, tiemblan tus labios levemente y relajas todo tu cuerpo, en una paz sorprendente. Y así cada día. Nada eres ya para este mundo y todo eres para Dios, sin duda. Él permite el milagro como si te rescatara cierto tiempo de esta guerra, para mostrarte la paz que ya te espera, en un anticipo místico que me supera, que me abruma cada día. Y abrazada al pequeño cojín de María, quedas mirando no sé donde, en el abrazo más bello que nunca podríamos recibir. Entre tanto déjame darle gracias al Padre por esa fe tuya, a la que tanto aspiro.

César Cid