El viejo sagrario

Su cerradura se atasca porque es viejo. Su aspecto externo ha mejorado con frecuentes retoques de pintura y cumplirá su cometido durante mucho tiempo. Mi amigo Pablo- el manitas de Dios- vino hace poco a retirar una pieza interna de la cerradura, pero sigue cerrando con dificultad. Me sigo emocionando al abrirlo porque ilumina el espacio solo para mí durante unos segundos, y no lo merezco. Por eso tomo al Señor y lo cierro con rapidez. Así la eucaristía humaniza mi existencia el resto del día. Y como Dios está por encima de cualquier evidencia, no debo ser nada ni nadie a su lado; Él es por toda la humanidad. Junto a Él, el privilegio de visitar la vida de la ilusión y las pasiones, con los ojos de “arriba”, los de la luz y el Misterio. Acompañar al Señor es una forma de superar la muerte y de obtener la verdadera liberación. Has de dejar la razón en un pasillo, antes de entrar en una habitación. El Pan de Vida revela entonces la mundanidad y la transforma hasta traspasarla y hacer del lugar el no espacio y el no tiempo, es decir, cierto vislumbre de eternidad. Y en silencio,  la plegaria sostiene y produce el milagro. El único deseo del hombre es ya ser poseído por el Amor en su alma. Y es elevado en su totalidad porque Dios no excluye ni un trozo de piel en el proceso. La Eucaristía modifica la naturaleza en un cambio cualitativo sublime. Y después a resucitar… Bueno, cierro ya la puerta del sagrario y subo. Hoy me he entretenido un poco en su mirada. Me encanta este viejo tesoro.

César Cid

 

Dedicado a mi querido Pablo, que tanto sabe de custodiar el amor.