Anawin

Temo herirte con palabras azarosas porque todo en ti es providencial, hermano. No parece posible vivir en tus condiciones y sin embargo nos das lecciones de vida en cada encuentro. El silencio se hace misterio en fragmentos de tu mirada tímida, casi infantil. Me asombra la intimidad que experimentas con Dios y  el efecto de Su presencia durante la oración, en esa postura tuya de limbo y tierra, abandonado al tiempo y sus heridas. Porque te siento crecer desde lo imposible, espero impaciente una palabra que ordene el ambiente, que nada tiene que ver con el mundo. Y te abandonas uniendo las manos para progresar en este camino que prefieres no comprender. Y no me extraña… ¿Cómo hablarle al mundo de tu felicidad, mientras la enfermedad  te rompe en pedazos? ¿Es posible sonreír en la opulencia del dolor sin declararte un loco rematado? Ayer me dijiste: “Dios se lo ha tomado como algo personal conmigo”. Hace dos años limitaron tu vida a dos días y no has dejado de sonreír desde entonces. “Destrozado por dentro, aunque feliz y ungido en todo mi ser”.  Creo que es imposible llegar más lejos. En ti el sueño y la vigilia son contemplación pura. Hoy, como con Lázaro, he sentido que tu sufrimiento es para gloria de Dios. Acudí a tu habitación después de acompañar a José hasta el final. Tras orar contigo, recibí la respuesta de tus labios  en forma de pregunta, que muchas horas después  no deja de retumbar en mi corazón: ¿dónde está toda esa gente que te acompañaba cuando viniste? Y necesité tiempo tras salir, envuelto en cierta turbación. Creo que no me acompañaban a mí, hermano,  sino a Jesús Eucaristía.   Son los anawin, los pobres de Yahvé . Como en su tiempo, renunciaron a todo para seguir a Dios y encontrarse con su  Mashiaj,  e hicieron de su fe, como tú, el alimento integral para la vida. Gracias por todo lo compartido.

César Cid