Nochebuena

Oscurece y te espero algo confuso, la verdad, después de tantos meses de dolor inevitable. Será por ese empeño absurdo de intentar resolver las cosas mientras sobrevivimos. Nos paralizamos entre el pensar y el sentir, porque poco se puede hacer. Acostumbro a acompañar a los enfermos la tarde- noche del 24 de diciembre desde que inicié mi actividad espiritual. Y siempre lo hice acompañado por amigos voluntarios, comprometidos con esta labor. Este año me ha dolido mas hacerlo, no por estar solo, no. Es que me he sentido otro, algo perdido y triste, muy triste. Como si no fuera capaz de distinguir quien soy… Algo así como si respirase por primera vez.  Y en la esperanza de despertar de mí mismo, mientras descansaba, un viejo amigo me llama para enviarme un abrazo, desde su corazón de 85 años. Me cuenta que ha cuidado a toda su familia, enferma de Covid,  sin contagiarse. Y me habla de ti, Señor, y de tu Misericordia. Emocionado, siento que no tengo derecho a estar triste. Mi amigo me ha devuelto a la realidad. Y necesito hablarte esta anoche de todos los enfermos, Jesús, y de todos los que murieron en este tiempo difícil. Especialmente de Pedro, que en su aislamiento severo, con un hilo de oxígeno,  te espera para abrazarte esta noche. Espero la claridad y el silencio en la delicadeza de tu presencia. No puede haber nada que enturbie este milagro.

César Cid