Agentes de la Pascua


   La inminencia de la muerte aterra porque se trata un hecho  que no proviene de sí mismo. La persona comienza la única relación de su vida que no puede controlar, una experiencia de auténtica pasividad. La experiencia previa y el recuerdo de lo vivido no son capaces de aprehender la realidad de la muerte, misterio siempre. Esta quiebra anuncia un acontecimiento incontrolado y no aceptado que produce miedo. Robarle a la muerte una eternidad ha sido una constante en la historia de la humanidad. Entregarse al proceso significa avanzar en una dialéctica de renuncia. Pero toda renuncia es a favor de alguien o de algo.  Interrogantes de los que el hombre no tiene certeza, por ser misterios en sí mismos. Hablar de la enfermedad al final de la vida o de la muerte, nos produce interiormente un claro desasosiego, aún siendo conscientes que nuestra vida tiene fecha de caducidad. 

   La presencia junto a la cama de un moribundo- ser agentes de su Pascua-  es sobre todo una ayuda para vivir mejor la última etapa, el acto que señala el final terreno. Acompañar en este proceso es ayudar a vivir hasta el final, respetando la dignidad del ser humano con todo lo que es: valores, temores y creencias.  Durante esta etapa algunos enfermos experimentan una extrema soledad interior, conscientes de que su vida termina, a punto que abordar un misterio  desconocido hasta entonces. La persona en este trance se vuelve más atenta a nuestras actitudes, miradas y gestos. 

   Nuestra sociedad está plagada de actitudes vacías y la atención se dirige al reconocimiento y la valoración del otro. Una cultura que trata al enfermo como un número, necesita aportar cercanía y escucha, aprendiendo a observar el ambiente del enfermo, para dar pasos respetuosos y tolerantes.   La persona necesita amar y ser amada y quien le acompaña debe transmitirlo con su mirada y sus gestos, pues las palabras no sirven siempre. 

  Es tiempo de estimular la fe de aquellos que están en  el momento de la prueba. La iglesia peregrina debe ser testigo y testimonio con obras en todos los sectores donde es palpable el sufrimiento humano, continuando así la obra de Jesucristo y sus apóstoles. Un actuar que se inclina hacia la humanidad sufriente, con respuestas concretas y verídicas, para levantar a la humanidad y hacerla caminar en el nombre de Jesucristo. 

   El sufrimiento exige respeto. Una presencia silenciosa, un gesto de apoyo o de afecto expresan en ocasiones más que cualquier palabra. Escuchar significa acoger las vivencias del otro, dar espacio a su historia personal sin juzgarle. La escucha en definitiva es la llave de la comprensión, que proporciona la capacidad de ver la vida desde la perspectiva del otro. Ante el sufrimiento del hermano conviene acercarse con delicadeza y con humildad, que son las sandalias del sabio, conscientes de nuestra propia limitación. Como portavoces del espíritu y de la transcendencia, ya que el impacto del sufrimiento puede revelar aspectos espirituales importantísimos. 

   Seguiremos así el ejemplo de Jesús, que incesantemente se acercó al sufrimiento humano. La Iglesia  debe preocuparse por los enfermos, participando así del amor de Cristo, procurando una buena muerte, más allá de todos los itinerarios técnicos y médicos posibles. Valoremos el sentido que da el evangelio de Jesús a las realidades de la vida. El sufrimiento necesita un sentido trascendente para ir más allá de sus causas. La muerte es parte de nuestra existencia humana; tanto como el nacimiento. Un tránsito a la vida eterna de la mano de Cristo.

César Cid