Pan de luz

Creíste despertar a una vida diferente, sin entender nada de lo que ocurría a tu alrededor. Inmóvil, dolorido e incapaz de preguntar qué estaba pasando en tu cuerpo y qué circunstancia provocó ese estado terrible. Y lo peor fue descubrir tu incapacidad para hablar, para articular ni siquiera un lamento. Lloras en silencio con gestos elocuentes. Me pierdo en tu impotencia como un niño en un bosque espeso a media tarde. Necesito las palabras de Jesús durante la cena pascual y siento, como Juan María Vianney, que Él mira tu alma como algo suyo, propio y eterno: “la he hecho tan grande que solo yo puedo llenarla; la he hecho tan pura que solo yo puedo alimentarla”. Estas palabras me confirman que tu sufrimiento está en manos del Señor, querido hermano. Hoy lo has recibido espiritualmente porque aún no puedes alimentarte, pero Él se ocupa de llenarte el corazón de su Amor. Tu voz comienza a romper el silencio para alabar al Señor. Siento esta alabanza como la oración PERFECTA que sólo Él comprende. Como en Pentecostés, como en el cenáculo, con María.  En su presencia has vuelto a llorar y una vez más me sobrecoge la emoción de caminar tu pascua de mi pobre mano. Un pitido largo y lejano me devuelve al mundo. Te despido hasta mañana. Quedamos los tres a la misma hora. Gracias

César Cid

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