El viaje definitivo

Nos movemos en la realidad efímera del creer, frente a un mundo que rechaza toda experiencia interior. Compartiendo la mirada de hoy con la esperanza atemporal. Disociando la visión empírica de la experiencia muda del espíritu. Necesitamos reivindicar el no tiempo y el no espacio como opción integrada en la cotidianidad, sin exigencias dogmáticas ni patrones anacrónicos: Dios se hace presente para quien quiera experimentarlo y la muerte es el acontecimiento definitivo de su presencia. Mentes preclaras alejadas de cualquier interés confesional lo intuyeron: Jung, De Chardin y Von Balthasar entre otros. Lévinas encuentra sentido a la muerte en el otro.

Tal alteridad culmina curiosamente con la visión del protestante Karl Barth y su Totalmente Otro para referirse a Dios.  Todo ello desde la aguda reflexión de Heidegger y su definición del hombre como ser para la muerte. El siglo XX forjó el tabú sobre la muerte, el actual no parece apuntar nuevas maneras al respecto. Morir hoy en cualquier ciudad supone desaparecer en 24 horas y devolver a los vivos esa seguridad reconfortante, muy alejada del deterioro y el aniquilamiento definitivos. Y tú que me lees te preguntarás por la razón de este comienzo. Ayer acompañamos a morir a un hermano muy querido, Pedro, y hoy siento la necesidad de compartir el regalo que supone asistir a la muerte de una persona y contribuir a soterrar el miedo a la muerte en lo más profundo de nuestro ser.

Pedro sufrió diferentes patologías- todas complicadas- pero mantuvo una fe extraordinaria y muchas ganas de vivir. Consciente de su estado, decidió disfrutar de todo lo que amaba y así lo hizo. Su habitación era lo más parecido a un bazar: libros, dispositivos electrónicos y delicias gastronómicas que disfrutaba con cuidado pero con pasión. Culto, buen conversador, ávido lector y gran melómano.

Y en el centro de todo Nuestra Señora de Guadalupe, su madre espiritual y consejera. El pasado viernes sus palabras rodaron al vacío tras un episodio respiratorio grave y no habló más. Supimos de su naufragio con tales signos, y desde entonces el tacto y las lágrimas llenaron el espacio. Y los recuerdos. Y tantas conversaciones… Recuerdo que caminamos por Comala con Pedro Páramo y miramos con cuidado algunas de las Ciudades Invisibles de Ítalo Calvino. Descubrimos el Infinito de Vallejo porque decidió regalármelo un día, tras discutir sobre la literatura comercial. En este caso tuve que darle la razón. 

El pasado día 19 presenté un poemario y hasta la víspera, Pedro estaba convencido que podría ir. No pudo ser. Esa misma noche le envié videos para que pudiera verlos. Se sintió feliz y ansioso por leerlo. Después de muchos meses el dolor, el miedo y la fe construyeron su nuevo imaginario y no volvió a hablar de su estado en términos negativos. Sin embargo empeoraba. Pude administrarle el Viático e intuir sus últimas oraciones vocales.

Ayer necesito ser sedado para facilitar su muerte en paz, sin dolor ni sufrimiento. Avisé a mi compañero Antonio y juntos acudimos de nuevo a sus pies. Encomendamos su alma en silencio. Sentí su corazón al tacto de su mano y advertí una fuerza renovada, un ímpetu imposible para su estado. Y una profunda paz. Antonio me relevó en la pequeña habitación para continuar orando con él. Unos minutos después Pedro dejó su cuerpo y emprendió el viaje más importante de su vida. Gracias hermano por tu amistad. Gracias por permitirnos participar en tu existencia.

César Cid