Lola

Un ictus reciente te paralizó medio cuerpo y necesitas reeducarlo para la vida, la misma vida que abandonaste por la fuerza. “A estas alturas, dices, debo aprender a caminar de nuevo; cuando casi me toca rendir cuentas”. Arrastras las palabras con dificultad y te haces entender con mucho esfuerzo. Esta mañana, tu cuerpo incontrolado parecía querer arrastrarse por el suelo de la habitación, en una postura complicada.  Observé tu frustración y tu impotencia, mientras demandabas ayuda para corregirla. Entendí entonces que muchas cosas mueren en el olvido por no poder expresarlas, como artificios inútiles que nos desgarran algún jirón de piel en el proceso. Jesús vino a ti con la intención de llenarte de amor esta mañana. Dos lágrimas simétricas revelaron tu entusiasmo por su presencia y también cierto dolor por no poder recibirlo: “ni siquiera puedo beber agua”, me dijiste. El otoño difumina los colores, hermana, y nos ofrece detalles de decadencia. Sin embargo todo depende de la mirada. Nosotros descubrimos juntos el espesante, un producto maravilloso que espesa el agua para quienes han perdido la capacidad de la deglución. Preparamos un vaso con agua, dos cucharadas del mágico remedio y a remover… La solución resulta como una gelatina que refresca y no afecta al proceso. Recuerdo cómo abriste los ojos cuando te ofrecí una pequeña porción de la Hostia. Recogí un poco con una cuchara pequeña y fije la porción sobre ella, hasta que la recibiste  despacio, con todo el respeto. A continuación rezamos juntos y agradecimos al Señor su presencia eucarística en tu enfermedad. Y me sorprende con qué facilidad las cosas cotidianas pueden participar en el Misterio. Te dejé en la alegría sosegada que solo Su presencia otorga. Me quedo con la convicción personal de que todo lo externo es frívolo ante la soberana grandeza de Su amor.

César Cid