La escucha de Jesús

   Cuántas veces hemos imaginado escenas de la vida de Jesús, momentos precisos, especialmente en el encuentro con las personas a quienes trató y que además sufrían por alguna razón.  Su mirada, su sonrisa, su manera de caminar o su manera de escuchar.  En los ámbitos actuales de la ayuda profesional, escuchar activamente, a diferencia de oír,  es entender, comprender o dar sentido a lo que se oye. La escucha activa se refiere a la habilidad de escuchar no sólo lo que la persona está expresando directamente, sino también los sentimientos, ideas o pensamientos que subyacen a lo que se está diciendo. Una actitud  que no es nueva y yo diría que propia de la presencia de Jesús durante su vida pública.

   Según revelan los evangelios, Jesús se relacionó especialmente con personas en situaciones de dificultad, desapego, sufrimiento y dolor. Es lógico pensar que Jesús escuchaba para comprender y dar sentido a lo que escuchaba. Lo hacía aceptando incondicionalmente a la persona sin juzgarla, profundizando en las circunstancias de aquél,  desde el amor incondicional. 

Escucha sanadora

   Jesús escuchaba devolviendo consuelo y serenidad al sufriente con su sola presencia. Tras una acogida cálida y respetuosa, se preocupaba por su situación y se ocupaba de él, haciéndole sentir con firmeza el plan de Dios para con el hombre, desde el compromiso filial que Él asumió. Su escucha es liberadora porque propone una vida nueva, sanada de perjuicios y pecado y reconciliada con Dios, los hermanos y consigo mismo.

    Quienes asistimos con frecuencia a los enfermos y especialmente a los moribundos, comprobamos que no todas las personas llegan al final de la vida con serenidad y con paz interior. Para los cristianos se trata del  reencuentro con Dios.  Nuestro dialogo con los hermanos que sufren está construido  con silencios y palabras que alimentan el alma. Así reconocemos nuestra vocación de servicio como respuesta al Amor de Dios. 

¿Cómo podemos dejar espacio al consuelo que viene del Señor? 

Jesús expresó su misión asumiendo las palabras de Isaías: “Consolad a mi pueblo”,  formalizando así el compromiso que se realiza en la fe cristiana, especialmente durante el sufrimiento del hombre. El consuelo es la respuesta natural al amor de Dios, que se anonada para sentir al hombre desde el barro modelado por el Padre. Consolar el sufrimiento no es un precepto formal ni un acto de fe, es un gesto identificativo del cristiano, como testigo de la misericordia de Dios.

 La fe en Cristo nos invita a escuchar al hermano como Él lo hace,  al modo de Jesús, como parte del acompañamiento cristiano.  Hacerlo nos ayuda a comprender sus miedos, a respetar sus sentimientos, aislando nuestro ego para entrar en sus circunstancias y ponernos en su lugar. Qué bueno sería que todos fuésemos acompañados desde la vida temporal hasta la vida eterna, revestidos de abrazos y lágrimas sinceras, esas que se convierten en bálsamo y alimento para el camino.

César Cid escuchaconsuelo@gmail.com