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Tu sonrisa fugaz me supo a despedida y transité tu dolor como un misterio, rumiando un no sé qué bien angustioso. Y me perdí en las horas sucesivas sin dejar de pensar en tus palabras imposibles. Conozco esos gestos presurosos que el mundo interpreta a su manera. Recuerdo tus manos abiertas ante el Señor, al pie de tu cama, iluminada por su presencia. El viático vistió de luz tu dolor hasta renovarlo, en presencia de María, siempre dispuesta. Percibí anoche, tarde, que tu alma, suspendida de la vida, preparaba ya el ajuar y la patena para el banquete final y la vida nueva. Y en mi desvelo, sentí tu partida claramente, como si quisieras despedirte. Has quemado ya los recuerdos inútiles para sonreír al Cordero Amado. Custodia en tu corazón nuevo nuestras vidas, querida hermana, que el cielo es ya tu hogar, tan merecido.
César Cid
Un comentario en «Querida Lucía»
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Eres fabuloso escribiendo, pero en mi caso, siento un poso de dolor en mi corazón que, a la vez, me emociona grandemente.
No por eso voy a dejar de leerte, porque siempre aprendo algo, aunque me duela.
Gracias.