Dios calla y su silencio no es el de la noche, ni el de la respuesta negada, tampoco el de la ofensa que al parecer otorga no sé qué… Temo que sea su único lenguaje posible, y esta hora insostenible necesita respuestas, no silencio. Si al menos me hablase como a Job, solemne y hierático, podría negarle como tantos lo hacen, probablemente porque es lo más cómodo. Pero ayer mismo le vi sellar una vida larga y ajada, arropada en la plegaria modesta. Temo ahora que su palabra sea más una acción que una enseñanza y que no tengo derecho a confidencia alguna con Él. Quizá el propio silencio sea la oralidad de Dios y yo, esclavo del momento, necesite la redención sumisa de las palabras en una sed que no puede ser saciada. ¿Y si todo este ruido que embota mis sentidos me impidiese oírle? Vivimos las cosas del mundo mientras se nos niegan las cosas secretas. ¿Es la soledad del hombre que prolonga una búsqueda interminable desde una rancia certidumbre? Sí, yo sé que el camino no es un medio ni un recurso para alcanzar un fin, lo sé. Que el camino es el propio destino donde renunciar a uno mismo, exhausto de vivir… Pero hoy me afano en hablar con alguien de esta soledad presurosa, y me hubiera gustado escucharte un rato, Señor. “Aunque le hablara yo y Él me respondiese, no osaría creer que había oído mi voz” (Job 9, 16).
César Cid
