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Vivimos con la cabeza erguida, desafiando el mundo. La inteligencia levanta la barbilla, el orgullo también. La prisa ni siquiera permite detenernos la mirada. Sin embargo, quien contempla, inclina apenas unos grados el rostro. Es un movimiento mínimo, pero supone una revolución interior. Es la postura de quien deja de ocupar el centro. Nunca había pensado que la humildad pudiera tener una geometría. Basta inclinar apenas unos grados la cabeza para que el mundo deje de ser un objeto y vuelva a convertirse en un misterio. El orgulloso mira de frente porque cree que la realidad debe responder a sus preguntas. El contemplativo baja apenas el rostro porque ha descubierto algo mucho más grande: las respuestas no pertenecen a quien las persigue, sino a quien sabe permanecer. No es una inclinación de derrota, es la postura de la escucha. Te invito a que mires este rostro de Jesús y lo entenderás,
Los árboles se inclinan con el viento sin romperse.
Las espigas maduras doblan el tallo por el peso del grano.
Las madres inclinan el rostro hacia el hijo dormido.
Quien besa, quien perdona, quien acompaña a un hermano que sufre… todos termínanos inclinándonos. Quizá por eso Dios nunca tuvo necesidad de levantar la voz, le bastó con inclinarse hacia el barro para crear al hombre, para lavar unos pies y hacer silencio. Sin discursos, consejos ni respuestas… Pensar nos eleva, pero escuchar nos humaniza, a la manera de Jesús. Una presencia que nos presta toda su atención para ofrecernos un lugar donde descansar:
«Estoy aquí. Puedes dejar de sostener el mundo un momento.»
César Cid
