La escucha como sacramental

La escucha como sacramental

Los sacramentales son signos que santifican circunstancias de la vida y disponen a recibir la gracia. Si quisiéramos proponer la escucha en esa clave —como una intuición espiritual, no como una afirmación del Magisterio— podríamos decir que la escucha podría ser uno de los sacramentales de la caridad. No confiere una gracia por sí misma, pero si se realiza desde el amor, convierte un gesto humano en un signo de una gracia invisible. Escuchar es decirle al otro, en silencio: «Tu vida merece un lugar en mí.» Cuando alguien escucha de verdad, algo de la soledad retrocede, algo de la dignidad se recupera y algo del amor de Dios puede hacerse perceptible. El pan puede ser signo de una presencia, el agua puede ser signo de una vida nueva y unos oídos disponibles pueden ser signo de que Dios nunca nos abandona. Cuando alguien se sienta ante ti y tú decides escucharle de verdad, ocurre algo misterioso: tu presencia se convierte en signo de otra Presencia. Y quizá, precisamente porque te quedas, el otro puede empezar a experimentar que no está solo.  Por eso la escucha tiene una dimensión casi litúrgica: hay que detenerse, hacer silencio, acoger una palabra, respetar un misterio, no apropiarse del dolor ajeno. Escuchar es prestar nuestros oídos para que otro pueda encontrarse acompañado por Dios. La escucha convierte un acto cotidiano la la presencia de Dios más silenciosa.

Escuchar es rezar con los oídos.

César Cid

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