Hospitalidad de la conciencia, una fenomenología de la escucha

Hospitalidad de la conciencia, una fenomenología de la escucha

El mayor miedo del ser humano no es  sufrir; es no encontrar un lugar donde poder existir sin tener que justificarse. La buena escucha hace exactamente eso: no interpreta, no corrige y no diagnostica, primero hace sitio. Escuchar es retirar los muebles de la propia conciencia para que el otro pueda sentarse. Escuchar no es llenar; es despejar. Toda escucha comienza haciendo sitio. La atención no ilumina al otro, le devuelve la luz que ya tenía. El buen acompañante confía en que el otro ya alberga una verdad que necesita espacio para aparecer. La escucha no introduce una verdad en la conciencia. Le devuelve el silencio donde esa verdad puede nacer.  Quizá Dios sea el lugar donde nuestra conciencia encuentra la hospitalidad absoluta. No porque responda a todo, sino porque nunca tenemos que dejar de ser nosotros para permanecer  en Él.

La atención no cambia primero a quien la recibe; cambia a quien la ofrece. Atender de verdad obliga a suspender el propio ego. Es una pequeña kénosis cotidiana. No porque uno desaparezca, sino porque deja, por un momento, de ocupar el centro.

La escucha no consiste en acercarse al otro, consiste en descentrarse. Acercarse puede seguir siendo un movimiento del yo, pero descentrarse significa que, por un rato, el centro deja de ser uno mismo. Si Dios es amor, quizá no sea casual que el primer gesto del amor no sea hablar, sino hacernos sitio. La hospitalidad de la conciencia no describe solo una técnica de acompañamiento. Describe una forma de humanidad, no centrada solo en habilidades, sino en la idea de que la atención es el lugar donde una persona recibe permiso para existir sin defenderse.

Quizá prestar atención es la forma que tiene Dios de amar. Entonces, la creación entera podría entenderse como un acto de atención y presencia, no como un acto de poder.

Cuando escuchas durante una hora a una persona en duelo, sin invadirla, sin apresurarla, sin querer arreglar su vida… ¿qué estás haciendo? Estás rezando con los oídos. No pronuncias una sola palabra. Ofreces una atención tan limpia que el otro puede volver a encontrarse.

César Cid

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