Dios después de las palabras

Dios después de las palabras

En el mismo instante en que pronunciamos «Dios», corremos el riesgo de haber fabricado un dios a la medida de nuestra sintaxis:

Mi «Dios es bueno».
Mi «Dios es omnipotente».
Mi «Dios quiere».
Mi «Dios interviene».
Mi «Dios permite».

Todas estas frases pueden ser necesarias para nuestra fe, pero ninguna contiene a Dios. Son huellas, aproximaciones y balbuceos… Y quizá la idolatría más sofisticada no sea fabricar una estatua de Dios, sino crear una frase sobre Dios y olvidar que es una frase.

Por ejemplo: «Dios es amor». Sí.

Pero Dios no es solamente aquello que podemos nombrar amor. Y después de nuestro discurso entero sobre Dios, queda algo: un silencio como respuesta. Un silencio que nos despoja de la ilusión de haberlo comprendido. Y aquí aparece, para mí, el quid de la cuestión: el hombre intenta decir quién es Dios, pero las palabras no lo agotan, no lo contienen, no lo definen. Quizá la poesía mística dé en el clavo precisamente ahí, porque cuando termina de decir, sabe que todavía queda Dios.

«Dios no es nada de cuanto mi palabra pueda convertir en algo».

César Cid 

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