La palabra griega ἀποκάλυψις (apokálypsis) significa, en su sentido básico, revelación, desvelamiento, quitar un velo. El libro de Juan pertenece al género literario apocalíptico, aunque combina además elementos proféticos y epistolares. El Apocalipsis no es, originalmente, el nombre de una catástrofe. Es el nombre de una revelación. Juan no escribe desde Silicon Valley, ni desde una civilización aterrorizada por la IA, ni desde un búnker esperando una guerra nuclear. Escribe desde Patmos, dirigido a comunidades cristianas concretas de la provincia romana de Asia. La investigación histórica sitúa la composición del texto, con bastante consenso, hacia finales del siglo I, probablemente durante el reinado de Domiciano. ¿Y qué tiene que ver todo esto con la actualidad? ¿Por qué nuestra época necesita imaginar que el mundo se está acabando? No son pocos los que relacionan aún hoy la simbología bíblica con una catástrofe definitiva para el mundo que conocemos. Quizá el fenómeno contemporáneo no sea solamente religioso, puede ser una respuesta a una experiencia muy particular de la temporalidad: sentimos que estamos viviendo después del futuro.
La tecnología cambia antes de que podamos asimilarla.
Las guerras parecen simultáneas.
La información llega antes que nuestra capacidad de comprenderla.
La inteligencia artificial introduce una especie de futuro dentro del presente.
Y entonces aparece una estructura mental antiquísima: si el presente resulta incomprensible, quizá es porque estamos viviendo el final de una era. Quizá el problema no sea que algunas personas crean que el mundo va a terminar. Quizá el problema sea que hemos dejado de saber qué significa que un mundo termine. El libro y su revelación nace dentro de una crisis histórica, no nace de la curiosidad por el futuro. Plantea, visto subjetivamente si quieres, lector, con una pregunta mucho más dolorosa: ¿Cómo seguir creyendo cuando el mundo que tienes delante parece estar gobernado por otro?
Y mañana, el eclipse…
Durante milenios, un eclipse no era simplemente astronomía. Era una alteración brutal del orden visible: el Sol desaparecía en pleno día. Se podía interpretar como señal divina, presagio de guerra, muerte de un rey, desgracia o cambio de época. Las crónicas medievales, por ejemplo, registraron eclipses precisamente porque podían ser leídos como acontecimientos extraordinarios. Mañana el Sol desaparecerá durante unos instantes. Nosotros sabemos perfectamente por qué. La Luna pasará entre nosotros y el Sol. No es un presagio y no anuncia nada. ¿O sí?
El cielo sigue haciendo cosas que durante miles de años fueron leídas como revelaciones. Nosotros hemos aprendido a explicarlas.
Pero quizá no hemos dejado de necesitar que signifiquen algo. Juan levantó los ojos hacia un cielo que no podía explicar como nosotros. Levantaremos los nuestros mañana hacia el mismo cielo, sabiendo exactamente qué está ocurriendo. Y, sin embargo, seguimos preguntándonos qué significa. Porque quizá la secularización no haya eliminado nuestra necesidad de interpretar el cielo, solo ha cambiado el diccionario: antes, presagio. Ahora, señal. Antes, Dios hablaba mediante el cielo. Ahora, el algoritmo nos dice qué está pasando. Y entre ambas cosas hay algo profundamente humano: la necesidad de que el acontecimiento sea algo más que un acontecimiento.
Roma está. El poder está, su propaganda también. Y la economía, y la violencia… Y también está la pregunta: ¿A quién pertenece realmente el mundo? La investigación contemporánea sobre Apocalipsis presta mucha atención precisamente a su relación con el Imperio romano, sus rituales, su propaganda y el culto imperial. Porque Juan no hizo un pronóstico meteorológico del año 2026, Mas bien desvela lo que el poder oculta. Babilonia no es simplemente una ciudad futura que algún día será destruida. La bestia no es necesariamente un individuo que podamos identificar cómodamente dos mil años después.
El Apocalipsis utiliza imágenes, números, animales, colores, tronos, dragones, mujeres, ciudades y catástrofes para revelar una realidad que, a juicio del autor, permanece escondida bajo la apariencia normal del mundo. El Apocalipsis no intenta enseñarnos a adivinar el futuro, intenta enseñarnos a mirar el presente. El Apocalipsis cristiano no es nihilista. Después de las bestias, la sangre, Babilonia, la muerte y el juicio, aparece una nueva creación: cielo nuevo, tierra nueva… Dios habitando con los seres humanos. Es decir, el final cristiano supone una transformación.
¿Y qué queda del Apocalipsis cuando quitamos precisamente aquello que lo convierte en esperanza?
APOCALIPSIS SIN DIOS, La salvación secularizada
Porque si quitamos a Dios del relato, la catástrofe puede permanecer, la amenaza puede permanecer, los elegidos pueden permanecer. Pero ¿quién salva?
César Cid
Lic. Ciencias Religiosas
