Nunca he hablado de esto en mis libros, salvo en un relato de ficción en el que usé la base de un caso real para recrearlo, aunque nunca lo desvelé. Ahora quiero profundizar en la diferencia entre lo que una persona percibe al morir y el significado espiritual que nosotros damos a esa experiencia, sin reducirla ni convertirla en una prueba. No pretendo demostrar que hay algo después de la muerte; tampoco voy a explicar las experiencias reduciéndolas a un mecanismo cerebral. Voy a intentar escuchar qué sucede en ese territorio fronterizo y preguntarme qué hacemos nosotros con aquello que escuchamos.vLa clave central de este artículo es: la persona que muere es quien posee la experiencia; nosotros poseemos únicamente el relato que nos llega de ella. Y eso debería hacernos tremendamente humildes.
¡Han venido a buscarme!
He escuchado esta frase muchas veces. Pretendo reflexionar sobre mis experiencias desde este lado y con todo el respeto por las personas que las vivieron. No puedo demostrarlas, pero después de acompañar a tantas personas en el umbral de la muerte, ha ido naciendo en mí una intuición: quizá no son ellos quienes vienen hasta nosotros; quizá es Dios quien, en el proceso de morir, abre un modo nuevo de percibir. Mientras los sentidos del cuerpo se apagan, podría abrirse una forma distinta de presencia. Es solo una intuición, pero es la que mejor recoge lo que tantas veces he escuchado. Desde mi análisis, la experiencia es real para quien la vive. Eso no significa que la interpretación que hacemos de ella sea objetiva o sobrenatural. Pero sería muy pobre despacharla como una simple alucinación. Hay personas que, al acercarse a la muerte —y también personas que han estado clínicamente muertas y han sido reanimadas— describen encuentros con familiares fallecidos, figuras luminosas, una presencia amorosa o la sensación inequívoca de que alguien ha venido a recibirlas. Y hay algo particularmente fascinante: muchas veces no dicen simplemente «vi a mi madre». Dicen algo parecido a «mi madre estaba allí para llevarme», como si la experiencia tuviera una estructura de acogida.

La segunda cuestión es más delicada: ¿qué está ocurriendo realmente?
La neurología tiene hipótesis interesantes: alteraciones de oxigenación, neurotransmisores, actividad cerebral en situaciones extremas, mecanismos de memoria, construcción de imágenes familiares… Todo eso puede explicar algunos aspectos de las experiencias cercanas a la muerte. Pero explicar cómo puede producirse una experiencia no equivale necesariamente a explicar qué significa. Y aquí es donde creo que tenemos que ser humildes. Porque también me llama la atención algo que aparece una y otra vez en los relatos: la persona no suele describir la muerte como una desaparición, sino como un encuentro. Y entonces aparece una posibilidad preciosa, aunque no podamos demostrarla: Quizá morir no sea tanto irse de aquí como dejar de estar aquí. Es decir, quizá eso que llamamos «umbral» sea precisamente el límite de nuestro lenguaje. Y cuando alguien dice «vinieron a buscarme», tal vez esté intentando contar con palabras de este mundo una experiencia que pertenece a otro registro.
Y te diría algo todavía más atrevido, después de escuchar frases como “están aquí”, “mis padres han venido”, “mi abuelita me toca la cara” o incluso sonidos de asombro mientras miraban el techo de la habitación, ¿están describiendo algo que está ocurriendo fuera de ellos… o están percibiendo, por primera vez, algo que durante toda su vida estuvo dentro de ellos?
¿Dios?
¿Y si Dios no se deja experimentar en la muerte como una explicación, sino como una acogida? No necesariamente aparece «Dios» con nombre y apellidos. Puede aparecer un rostro amado. Una presencia. Una luz. Alguien que espera. Como si, al final, el amor fuera el único rostro que nuestra conciencia sabe reconocer cuando se encuentra con lo desconocido. Aquí comienza el territorio peligroso de los argumentos humanos. La misma experiencia puede ser interpretada de maneras completamente distintas. Un espírita puede decir: «Ha venido un ser querido desencarnado a acompañarlo». Un creyente: «Dios le está permitiendo experimentar la comunión de quienes ya viven en Él». Un neurólogo: «Estamos ante una experiencia generada por determinados procesos neurofisiológicos propios del morir». Un antropólogo podría añadir: «La cultura proporciona los símbolos mediante los cuales interpretamos experiencias liminales». Y quizá ninguna de esas afirmaciones tenga derecho a apropiarse completamente de lo ocurrido, porque hay una diferencia enorme entre: «Esto es lo que ha vivido» y «Esto es lo que significa». La primera afirmación puede pertenecer al testimonio de la persona. La segunda ya pertenece a nuestra interpretación.
El significado espiritual
Una experiencia no tiene que demostrar una doctrina para ser espiritualmente fecunda. Por ejemplo, si alguien moribundo ve a su madre fallecida, yo no puedo concluir: «Por tanto, sabemos que los muertos vienen a buscarnos». Eso sería dar un salto epistemológico enorme. Pero tampoco tengo por qué decir: «Como no podemos demostrar que sea realmente tu madre, carece de significado». Podemos permanecer en una tercera posición: «No sé exactamente qué está ocurriendo, pero quizá esto esté revelando algo verdadero acerca de cómo esta persona está viviendo su muerte».
Después de muchas experiencias, estudio e investigación no me atrevería a afirmar: «Los muertos vienen». Prefiero decir: «Quizá, mientras la persona va dejando de estar disponible para nuestros sentidos, se modifica el modo en que ella misma percibe». Me permito una hipótesis espiritual que no necesita negar la neurobiología. El cerebro puede estar cambiando. Los sentidos pueden estar apagándose. La conciencia puede estar funcionando de una manera diferente, y, al mismo tiempo, nosotros podemos preguntarnos si esa modificación tiene también una dimensión espiritual cuyo alcance desconocemos. Me niego a escoger entre cerebro y misterio. La experiencia pertenece al moribundo; la interpretación nos pertenece a nosotros.
Ante esto suelo ser muy cuidadoso: lo más hermoso que yo he decidido hacer durante mi asistencia es acompañarlo, no explicárselo. En ocasiones he preguntado (sin tono interrogativo) «¿Y quiénes han venido?», y después he callado. Porque puede que en ese silencio estemos haciendo algo mucho más importante que demostrar qué hay después de la muerte: estamos dejando que alguien nos cuente cómo se está abriendo su mundo mientras el nuestro empieza a cerrarse.
Y eso me parece una forma profundamente espiritual de acompañar. Los ojos dejan de mirar. El oído deja de escuchar. El cuerpo va perdiendo su capacidad de relacionarse con este mundo. Y quizá, precisamente entonces, algo empieza a mirar de otra manera.
No sé si es así. Y creo que debo conservar ese «no sé» con muchísimo respeto. Pero después de tantos acompañamientos, no puedo reducir esas experiencias a una explicación neurológica. Porque quizá haya cosas que la ciencia pueda explicar acerca de lo que sucede en el cerebro mientras alguien muere, pero todavía queda una pregunta infinitamente más profunda: ¿qué está viendo la persona cuando dice que alguien ha venido a buscarla?
Quizá algún día sepamos responder esta pregunta. Mientras tanto, cuando alguien que está muriendo me dice que ha venido su madre, su padre, su abuelita o alguien a quien nosotros sabemos que ya murió, he aprendido a hacer algo muy sencillo, escuchar. Porque quizá acompañar la muerte consista precisamente en eso: no cerrar con nuestras respuestas el mundo que se está abriendo ante los ojos del otro.
César Cid

